Thursday, November 16, 2006

Pulmones

El barrio huele a mierda. Y a sangre. Y en medio de ese olor fuerte, áspero y profundo, Dante creció. La primera vez que ese olor lo conmovió fue cerca de los seis años. Se quejó y su padre, Anselmo, achurero de profesión, le dijo "Respirá hondo que te abre los pulmones". Y el pibe le hizo caso.
Desde muy chico Anselmo había tenido que trabajar para colaborar con la familia. Eran nueve hermanos. Él era el más pequeño de los cuatro varones. Tito, Paco, Lito y Anselmo. El único que no tenía sobrenombre. Las hermanas ayudaban en la casa. Los varones la yugaban. El padre era carnicero y en sus ratos libres capitalista de juego y animador de las mesas de poker de Mataderos y aledaños. La madre era ama de casa. Y aportaba a la empresa anotando los números de los vecinos que jugaban a la quiniela a domicilio. Don Juan, el abuelo de Diego, comenzó a sospechar de la suerte de un vecino que, para evitar que la ley cayera con toda la fuerza sobre los que apostaban clandestinamente, se identificaba con un color. Azul, ganaba casi todos los días. Y Juan sabía que había algo raro en la racha ganadora. Luego se enteró de que Paula, una hermosa matrona nacida por casualidad en Brasil, escuchaba los resultados de los sorteos por la radio y anotaba una pequeña jugadita sobre seguro. Juan pagaba con gusto los aciertos del afortunado Azul.
Debido a una de las dos profesiones de su padre, Anselmo consiguió su primer trabajo. Juan era un capitalista mediano que tenía alguien que bancaba su juego, un capitalista más grande. Anselmo era, a los ocho años, correo entre su padre y el pez más gordo. Trasnportaba de manera secreta los resúmenes de ganancias y pérdidas que su padre le rendía al capitalista. Y para no ser descubierto por la autoridad que combatía el juego clandestino, llevaba los papelitos escondidos dentro de los puños del manubrio de la bicicleta. Pedaleaba rápido. Estaba por terminar la década del cuarenta.

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